GRITO EN EL DESIERTO:
Una iglesia saludable (Parte II)
Una iglesia saludable experimenta relaciones interpersonales
que hacen que se respire un ambiente de “comunidad”.
Se nos enseña en el Nuevo Testamento a una comunidad que
comparte el pan en las casas, que viven con plenitud y con los riesgos
inherentes, una vida fraternal activa, comprometida y real. Allí no son “papas”
en un saco, allí hay amistad, allí hay oración de unos por otros, allí se
animan recíprocamente, y se ayudan. Allí se discute y se “pelean” los santos,
pero también se reencuentran y se perdonan, allí en el seno de una iglesia
saludable, la palabra Fraternidad cobra especial sentido. Allí se comparten las
alegrías y las penas, los triunfos y los fracasos.
Que poco hay de esto en las congregaciones de hoy, salvo
pequeñas camarillas que se prestan favores y atenciones entre sí, de resto cual
que se tratara de una iglesia tradicional, cada quien va por su lado, ora por
lo suyo, vive su fe en aislamiento, llora solo, se alegra solo, y muere solo.
El contacto con los demás es solamente físico, epidérmico y circunstancial.
Cuando un grupo religiosos desea saber si goza de salud,
debería preguntarse por el carácter real de su hermanada en Cristo, por el
alcance real de su amor, por la unidad de la que nos habla el Salmista cuando
expresa: “Mirad cuan bueno es habitar los hermanos juntos y en armonía…” (Sal.
133:1).
La salud de una congregación se mide más que por estar
juntos (cercanía física), por estar unidos en un mismo espíritu, en un mismo
sentir, en un amor tan cierto como trascendental, tan impactante que aun los
adversarios del cristianismo, según lo expresa la historia no podían menos que
exclamar: “Mirad como se aman”
Hoy muchos de los que nos ven, de golpe podrían decir:
“Miren lo bonito que cantan… Observen lo bien que enseñan… consideren el ánimo
y dinamismo de sus servicios…” pero a lo mejor también dirían: “Miren lo poco
que se conocen… miren el total desinterés frente a las necesidades de unos y
otros… miren como estando juntos, viven como islas… miren como se puede experimentar
tanta soledad en medio de semejante multitud”.
Las oraciones de una comunidad saludable son sacerdotales:
“Señor, por amor de tu nombre, bendice hoy a nuestros hermanos, y suple sus
necesidades…”
Las oraciones de una comunidad saludable deben ser en
plural: “Oh Dios, perdona los pecados de tu pueblo y no tengas memoria de
nuestras iniquidades” “Amado Padre, recibe hoy la ofrenda sincera de nuestra
gratitud. Tus hijos aquí congregados, con reverencia y alegría te bendecimos y
agradecemos tus muchos favores”
Hasta cuando resonaran las oraciones farisaicas y
enfermizas, que exaltan la arrogancia, egoísmo e indiferencia frente a los
demás hermanos: “Señor, yo te doy gracias… Padre yo te bendigo” En la oración
de una comunidad sana, no hay cabida para este tipo de oraciones excluyentes,
de oraciones que ignoran la gratitud de los demás, la necesidad de perdón de
los demás, la adoración de los demás.
En una comunidad sana, el compañerismo cristiano, rompe los
círculos de clases sociales, de estatus, de nivel académico o cualquier forma
de exclusión. Allí somos hermanos sin miramientos de edades, clases o posición
social, sin discriminaciones, vivimos el gozo anticipado del Cielo, de
sentirnos hermanos por la eternidad, de ver a Cristo en el otro, y
maravillarnos a ver reflejado en el rostro de mi hermano a alguien tan parecido
a mí, tan necesitado como yo del amor de Dios y del afecto fraternal, que solo
una iglesia saludable nos lo ofrece con generosidad y en abundancia.
O.A.M.


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