lunes, 15 de diciembre de 2014

GRITO EN EL DESIERTO:

Una iglesia saludable (Parte II)

Una iglesia saludable experimenta relaciones interpersonales que hacen que se respire un ambiente de “comunidad”.
Se nos enseña en el Nuevo Testamento a una comunidad que comparte el pan en las casas, que viven con plenitud y con los riesgos inherentes, una vida fraternal activa, comprometida y real. Allí no son “papas” en un saco, allí hay amistad, allí hay oración de unos por otros, allí se animan recíprocamente, y se ayudan. Allí se discute y se “pelean” los santos, pero también se reencuentran y se perdonan, allí en el seno de una iglesia saludable, la palabra Fraternidad cobra especial sentido. Allí se comparten las alegrías y las penas, los triunfos y los fracasos.
Que poco hay de esto en las congregaciones de hoy, salvo pequeñas camarillas que se prestan favores y atenciones entre sí, de resto cual que se tratara de una iglesia tradicional, cada quien va por su lado, ora por lo suyo, vive su fe en aislamiento, llora solo, se alegra solo, y muere solo. El contacto con los demás es solamente físico, epidérmico y circunstancial.

Cuando un grupo religiosos desea saber si goza de salud, debería preguntarse por el carácter real de su hermanada en Cristo, por el alcance real de su amor, por la unidad de la que nos habla el Salmista cuando expresa: “Mirad cuan bueno es habitar los hermanos juntos y en armonía…” (Sal. 133:1).
La salud de una congregación se mide más que por estar juntos (cercanía física), por estar unidos en un mismo espíritu, en un mismo sentir, en un amor tan cierto como trascendental, tan impactante que aun los adversarios del cristianismo, según lo expresa la historia no podían menos que exclamar: “Mirad como se aman”
Hoy muchos de los que nos ven, de golpe podrían decir: “Miren lo bonito que cantan… Observen lo bien que enseñan… consideren el ánimo y dinamismo de sus servicios…” pero a lo mejor también dirían: “Miren lo poco que se conocen… miren el total desinterés frente a las necesidades de unos y otros… miren como estando juntos, viven como islas… miren como se puede experimentar tanta soledad en medio de semejante multitud”.
Las oraciones de una comunidad saludable son sacerdotales: “Señor, por amor de tu nombre, bendice hoy a nuestros hermanos, y suple sus necesidades…”
Las oraciones de una comunidad saludable deben ser en plural: “Oh Dios, perdona los pecados de tu pueblo y no tengas memoria de nuestras iniquidades” “Amado Padre, recibe hoy la ofrenda sincera de nuestra gratitud. Tus hijos aquí congregados, con reverencia y alegría te bendecimos y agradecemos tus muchos favores”
Hasta cuando resonaran las oraciones farisaicas y enfermizas, que exaltan la arrogancia, egoísmo e indiferencia frente a los demás hermanos: “Señor, yo te doy gracias… Padre yo te bendigo” En la oración de una comunidad sana, no hay cabida para este tipo de oraciones excluyentes, de oraciones que ignoran la gratitud de los demás, la necesidad de perdón de los demás, la adoración de los demás.
En una comunidad sana, el compañerismo cristiano, rompe los círculos de clases sociales, de estatus, de nivel académico o cualquier forma de exclusión. Allí somos hermanos sin miramientos de edades, clases o posición social, sin discriminaciones, vivimos el gozo anticipado del Cielo, de sentirnos hermanos por la eternidad, de ver a Cristo en el otro, y maravillarnos a ver reflejado en el rostro de mi hermano a alguien tan parecido a mí, tan necesitado como yo del amor de Dios y del afecto fraternal, que solo una iglesia saludable nos lo ofrece con generosidad y en abundancia.

O.A.M.


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