El peligro del anti
intelectualismo
Isaac Asimov definió
el anti intelectualismo de la siguiente manera:
El anti
intelectualismo es el culto a la ignorancia. Ha sido una constante en nuestra
historia política y cultural, promovida por la falsa idea de que la democracia
consiste en que "mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento".
El ejercicio intelectual se mira con sospecha en algunos círculos
religiosos, llegando a ser considerado con epítetos ofensivos. Es como si
pensar fuera un atentado contra la moral o un comportamiento vergonzoso que
amerita su repudio. Se tilda a quienes reflexionan y en muchos casos van en
contra vía de la opinión generalizada, como personas extrañas, como generadores
de desagradables controversias, como gente que perturba la armonía semejante a un villano que sale de su
escondite, y nos sale al paso con
preguntas impertinentes o argumentos que rompen los esquemas y las convenciones
en las que las masas transitan reposadas.
Con suma frecuencia los prejuicios que alimentan la
hostilidad hacia los académicos e intelectuales se reflejan en estas afirmaciones:
1. Solo buscan
crear caos y confusión
2. Son
soberbios y se creen superiores al resto de los mortales
3. Se creen
una elite
4. Son
gente de costumbres relajadas y poca o ninguna vida espiritual
5. Son poco
prácticos y demasiado idealistas, mucha letra y poca práctica.
Algunos utilizan argumentos sacados de todo contexto y sin el
menor análisis hermenéutico, señalan con el dedo: “la letra mata”, “el mucho
estudio es fatiga de la carne”.
Convendría que con una actitud honesta, los adoradores de sus rutinas, se preguntaran, porque
Dios se sirvió de una mente brillante como la del gran profeta Isaías, con su
exquisito lenguaje, con sus bellas metáforas, y que decir de Saulo de Tarso. Un hombre docto, instruido en
diversas áreas de la cultura y el conocimiento. ¿Y no fue el Apóstol Pablo ese instrumento que
posibilito el crecimiento exponencial del Cristianismo y genero las bases para
el avance del testimonio de Cristo en el mundo antiguo?
Si se mira la historia más reciente, las grandes figuras del
protestantismo, eran sin lugar a dudas hombres dotados de un claro raciocinio,
estudiosos, disciplinados en sus tareas intelectuales, lectores avezados y prolíficos
escritores, para citar algunos nombres: Lutero quien escribió más de 54 textos,
Calvino con su extensa y profunda obra Instituciones, y reconocido por muchos
como el hombre más inteligentes de la reforma, Carlos H. Spurgeon, llamado el Príncipe
de los Predicadores, cuyos biógrafos sostienen que leía 6 libros
por semana. Casiodoro de Reina y Cipriano Valera, eran monjes eruditos y
poliglotas. Merced a sus esfuerzos muchos creyentes que aplauden la ignorancia
y desprecian el saber, gozan y usufructúan una de las mejores versiones de la Biblia
en Español.
Pablo insta a los hermanos de la iglesia de Roma, a una renovación
del entendimiento, para hacer posible un no conformismo con las usanzas y estilos
de vida de este mundo, quizá como lo diría Paul Tillish, a pasar del no ser al
ser, de un estado cuasi vegetativo a una condición de vida cuya característica es
la capacidad de pensar, aprender y cuestionar lo aprendido, de indagar y
reflexionar, de atrevernos a disentir, y
controvertir.
Ello no significa hacer de la razón una diosa infalible al
mejor estilo de los griegos, y tampoco creer que podemos por la vía del
ejercicio intelectual dilucidar sobre todo y tener respuestas a todos los
interrogantes de la vida. El ejercicio de la razón acepta que hay límites y que
el misterio es probablemente más notorio que nuestras certezas. Pensar,
reflexionar, aplicar la razón en aquello que nos sustrae y nos apasiona, es una
noble tarea y probablemente la tarea más importante en la que podamos
ocuparnos, pues el ejercicio práctico no puede caer en un vacío intelectual o
funcionar divorciado de un por qué. De otro modo seria solo afán, dinamismo inútil
y sin criterio.
Karl Barth, considerado como el mejor exponente de la teología
protestante del siglo XX, afirma que nadie puede ampararse perezosamente en el Espíritu
Santo para no estudiar, y que nadie sin cultura teológica debería estar en un
pulpito. Con esto se está sugiriendo que no hay que orar, que la antigua
costumbre de buscar en forma agonizante la presencia de Dios ha de ser una práctica condenada al olvido. De ninguna
manera. Lo que aquí se pretende afirmar es que el verdadero amor a Dios,
implica consagrar a El nuestras facultades intelectuales y confiar en la dirección
y auxilio proveniente del Espíritu
Santo, con el fin de que el pensamiento no divague en necias especulaciones o
niegue las eternas verdades de la Biblia.
“Amaras
al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu mente” (Deuteronomio 6:5) En atención a este precepto
bíblico, la mente del creyente ha de ser por la gracia de Dios, terreno fértil de
reflexión, campo fecundo donde germine la ortodoxia y la orto praxis, hermanas gemelas
que nunca podrán caminar por sendas opuestas.
La mente, entendida como la facultad que Dios
da al hombre para auscultar su entorno, para pensar y cuestionar, debe servir
al quehacer del teólogo, como instrumento privilegiado, para advertir a la
iglesia sobre enseñanzas erróneas, sobre ideas populistas pero disonantes,
sobre falsos maestros. La falta de conocimiento genera las condiciones
perfectas para la destrucción. Como lo expresa el escritor: “Mi pueblo fue destruido
por falta de conocimiento”.
El saber no es enemigo del creer, la fe resiste el escrutinio
y no impone una venda ni crea condiciones de ceguera, por el contrario el uso disciplinado y humilde del razonamiento
debe reafirmar la verdad que brilla en las Escrituras y diluir conceptos espurios,
que no resisten un juicioso análisis.
La eficacia del intelecto aplicado a la teología y a la vida
del teólogo, deberá armonizar con una vida en donde el conocimiento y la virtud
del entendimiento, ilumine el recto comportamiento y señale el camino por el que todo creyente
debe andar. De modo que se elimine la brecha entre conocer y vivir, entre creer
y practicar.