DIPLOMACIA O PROFETISMO
Siento gran
admiración por aquellas personas que dominan el fino arte de la retórica o la
oratoria, que apelan a la diplomacia para expresar sus puntos de vista evitando
a toda costa generar discordia, que grato resulta escuchar a aquellos que
hablan con exquisitez, que matizan el discurso con delicadeza, apelando a
bellas imágenes y figuras literarias, y haciendo gala de un vocabulario amplio
y lleno de refinamiento, al punto que escuchar a los tales es ligeramente
parecido a asistir a un concierto donde se interpretan bellas paginas
musicales.
Sin embargo
no estoy seguro que este tipo de oradores sean lo que el mundo y la iglesia de
hoy necesitan escuchar. Suele suceder que tanta diplomacia termina por aplastar
el profetismo, y tantos adornos retóricos destruyen la verdad, porque la verdad
no soporta los adornos y los artificios.
Extraño hondamente
el discurso tosco, fronterizo, el que raya en lo procaz, extraño el discurso
directo, el que delata y desnuda las realidades que muchos pretenden ignorar y
no pocos ocultan detrás de sus viejas mascaras de hipocresía religiosa.
Juan el
Bautista, hasta donde yo estoy enterado recibió de parte de Jesús el más grande
elogio que ser humano haya escuchado, de donde infiero que si su conducta
hubiera sido errática, inmoral o reprochable, esto jamás hubiera sucedido, y
traigo a colación a Juan, porque su discurso no conoce de diplomacia, de
artificios, de filigranas homileticas. Por el contrario su profetismo se caracterizó
porque denunciaba el pecado, la hipocresía de tintes clericales, porque no se acomodó
ni busco ni recibió prebendas, porque solo se alineo con su conciencia, y con
una conciencia sujeta a la voluntad de Dios.
Hombres
rectilíneos como Juan son los que necesitamos hoy, de palabra tan quemante como el desierto de Judea, que
no dibujan a Dios como un papa Noel gordo y bonachón, que llaman al pecado por
su nombre, que no se arrugan y que asumen al costo que sea el compromiso de
anunciar el mensaje de Dios en el tiempo y lugar donde Dios los ha llamado.
Los
delicados oídos de muchos creyentes se han acostumbrado tanto a la mentira que
ya no soportan la verdad, las golosinas espirituales que reciben desde lo
pulpitos y otros escenarios hace que les resulte muy difícil digerir un
alimento espiritual con más contenido.
No son de
buen recibo los maestros que enseñan la Palabra sin adulterarla, sin amañadas
eisegesis. Que desagradables pueden resultar esos predicadores que en estos
tiempos nos recuerdan que el infierno es tan real como el cielo, que Dios es
amor, pero que no es un león sin dientes.
Se necesita
con extrema urgencia restituir la lucidez de la verdad, y abandonar la
enquistada costumbre que ha tomado tanta fuerza en los actuales tiempos, de
acomodar el discurso a las modas, gustos y preferencias de la gente. Si la
gente quiere vivir una vida prospera, tranquila, y rodeada de comodidad, se les
habla del Reino, pero no del Reino de Dios que proclama amor, servicio,
sacrificio, humildad, compromiso, hablemos del Reino de los seudo apóstoles que
en un acto de descarado irrespeto al sentido del texto bíblico, asumen el Reino
como sinónimo de riquezas y vida muelle, asimilándolo con los modelos humanos.
Si la gente
joven quiere vivir experiencias emocionantes y a la vez asumir un comportamiento ético dudoso,
no se le menciona la palabra compromiso con la santidad, menos aún se les
enfatiza, que el joven está llamado a modelar las virtudes de un auténtico
cristiano y brillar por medio de una conducta integra, alejada de los vicios, costumbres
y usanzas que van en contra de las enseñanzas contenidas en las Escrituras, y
que el ser joven no genera una licencia para vivir una vida cristiana mediocre
y sin compromiso, y por el contrario se
les lleva a experimentar emociones
desbordantes, música explosiva, con mucho ritmo, cadencia y cero
contenido.
El profetismo de hoy, salvas honrosas excepciones, se ha
agotado en proclamar crecimiento numérico y económico, en anunciar
acontecimientos venideros, y en muchas ocasiones a alagar los oídos con
palabras melifluas que almas inconstantes quieren escuchar. Desde luego que
estoy cierto que Dios levanta hombres y mujeres y usa sus vidas conforme a sus
planes, direccionado su accionar al supremo propósito de acercar a los hombres
a Él, y que estos se vuelvan de su mal camino. En tal caso creo que profetas como Agabo Dios
sigue llamando y poniendo a su servicio a fin de edificar su iglesia.
Pero el
profetismo al que hago referencia es aquel que nace de manera natural de la
fidelidad del hombre a la Palabra, de anunciar a los hombres que Dios esta
airado con la conducta permisiva, laxa, y paquidérmica de muchos líderes y
pastores, que perdieron su brújula moral, y han inclinado su corazón a fabulas
y ensoñaciones, al punto de reemplazar las demandas éticas del Evangelio, por
los postulados exitistas de Og Mandino, Dale Carnegie o del líder de la Nueva
Era *Napoleón Hill, al punto que autores tan renombrados como John C. Maxwell,
lo ubican como uno de sus referentes en uno de sus textos más promocionados y leídos
por cientos y miles de cristianos en el mundo.(17 LEYES INCUESTIONABLES DEL
TRABAJO EN EQUIPO p. 44)
Como afirma Luis Fernando Pérez Bustamante:
La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés,
o no se quiera enterar… Descubrir la verdad y dejar que nos posea es una
aventura que no se realiza sólo con el apoyo de la inteligencia. (Blog,
Conoceréis de Verdad)
Hoy el
profetismo, entendido como anuncio de la verdad de Dios y denuncio de todo lo
que Dios aborrece y condena, no goza de muchos afectos, como para atraer los
amenes. La iglesia obediente a los dictados del mundo y del tiempo, rinde culto
a lo efímero y a lo superficial, gusta de compromisos fugaces, del desapego a
las buenas costumbres y padece el síndrome de Atenas, “el gusto por las
novedades”: el ultimo Jean, las zapatillas de moda, el celular de tecnología de
punta, y todo lo que genere impacto, escándalo banal y la transgresión a un
estilo de vida en el marco de los más altos principios.
El contenido profético de la predicación, ha sucumbido ante
el aplastante peso de la diplomacia, de decir verdades a medias, de
contemporizar con el pecado y hacerse los de la “vista gorda” ante actos
repudiables.
Tuve ocasión de asistir a una campaña de evangelismo con
participación de numerosas iglesias, y de repente vi cómo se congregaban muchos
jóvenes pertenecientes a una de las iglesias con mayor cantidad de miembros de
la ciudad, lo cual me causo un grato asombro. Pero sucedió que cuando el
predicador extendía la invitación para recibir a Cristo, mientras se animaba a
los creyentes allí congregados a orar para que el Espíritu Santo, tocara los
corazones, estos mismos jóvenes con camisetas con el rotulo de su congregación,
reían a carcajadas, y en voz alta hablaban de cosas absolutamente frívolas y
sin mínima conexión con el carácter trascendental de lo que allí ocurría.
Me pregunto ¿no es esto un preocupante síntoma de un mal que
como gangrena amenaza la salud de la iglesia, con la complicidad y ceguera de
los que lideran?
Oro para que Dios levante un profetismo enérgico y
comprometido con Dios, oro por predicadores cuya palabra no se venda por
algunas dadivas. Oro por siervos que arriesguen perder popularidad ante los
hombres pero traigan honra y complacencia al corazón de Dios.
Oscar Albeiro Marulanda
Oscar.marulanda@cenfortek.org
3206680897
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*Napoleon Hill, sostiene que sus conocimientos sobre el poder
de la mente, proviene de sus consejeros o maestros invisibles, y es pionero de
la práctica ocultista, de la Visualización Positiva.