jueves, 11 de junio de 2015

DIPLOMACIA O PROFETISMO

DIPLOMACIA O PROFETISMO

Siento gran admiración por aquellas personas que dominan el fino arte de la retórica o la oratoria, que apelan a la diplomacia para expresar sus puntos de vista evitando a toda costa generar discordia, que grato resulta escuchar a aquellos que hablan con exquisitez, que matizan el discurso con delicadeza, apelando a bellas imágenes y figuras literarias, y haciendo gala de un vocabulario amplio y lleno de refinamiento, al punto que escuchar a los tales es ligeramente parecido a asistir a un concierto donde se interpretan bellas paginas musicales.

Sin embargo no estoy seguro que este tipo de oradores sean lo que el mundo y la iglesia de hoy necesitan escuchar. Suele suceder que tanta diplomacia termina por aplastar el profetismo, y tantos adornos retóricos destruyen la verdad, porque la verdad no soporta los adornos y los artificios.
Extraño hondamente el discurso tosco, fronterizo, el que raya en lo procaz, extraño el discurso directo, el que delata y desnuda las realidades que muchos pretenden ignorar y no pocos ocultan detrás de sus viejas mascaras de hipocresía religiosa.

Juan el Bautista, hasta donde yo estoy enterado recibió de parte de Jesús el más grande elogio que ser humano haya escuchado, de donde infiero que si su conducta hubiera sido errática, inmoral o reprochable, esto jamás hubiera sucedido, y traigo a colación a Juan, porque su discurso no conoce de diplomacia, de artificios, de filigranas homileticas. Por el contrario su profetismo se caracterizó porque denunciaba el pecado, la hipocresía de tintes clericales, porque no se acomodó ni busco ni recibió prebendas, porque solo se alineo con su conciencia, y con una conciencia sujeta a la voluntad de Dios.

Hombres rectilíneos como Juan son los que necesitamos hoy, de palabra tan quemante como el desierto de Judea, que no dibujan a Dios como un papa Noel gordo y bonachón, que llaman al pecado por su nombre, que no se arrugan y que asumen al costo que sea el compromiso de anunciar el mensaje de Dios en el tiempo y lugar donde Dios los ha llamado.

Los delicados oídos de muchos creyentes se han acostumbrado tanto a la mentira que ya no soportan la verdad, las golosinas espirituales que reciben desde lo pulpitos y otros escenarios hace que les resulte muy difícil digerir un alimento espiritual con más contenido.

No son de buen recibo los maestros que enseñan la Palabra sin adulterarla, sin amañadas eisegesis. Que desagradables pueden resultar esos predicadores que en estos tiempos nos recuerdan que el infierno es tan real como el cielo, que Dios es amor, pero que no es un león sin dientes.

Se necesita con extrema urgencia restituir la lucidez de la verdad, y abandonar la enquistada costumbre que ha tomado tanta fuerza en los actuales tiempos, de acomodar el discurso a las modas, gustos y preferencias de la gente. Si la gente quiere vivir una vida prospera, tranquila, y rodeada de comodidad, se les habla del Reino, pero no del Reino de Dios que proclama amor, servicio, sacrificio, humildad, compromiso, hablemos del Reino de los seudo apóstoles que en un acto de descarado irrespeto al sentido del texto bíblico, asumen el Reino como sinónimo de riquezas y vida muelle, asimilándolo con los modelos humanos.

Si la gente joven quiere vivir experiencias emocionantes y a la vez asumir un comportamiento ético dudoso, no se le menciona la palabra compromiso con la santidad, menos aún se les enfatiza, que el joven está llamado a modelar las virtudes de un auténtico cristiano y brillar por medio de una conducta integra, alejada de los vicios, costumbres y usanzas que van en contra de las enseñanzas contenidas en las Escrituras, y que el ser joven no genera una licencia para vivir una vida cristiana mediocre y sin compromiso,  y por el contrario se les  lleva a experimentar emociones desbordantes, música explosiva, con mucho ritmo, cadencia y cero contenido.       

El profetismo de hoy, salvas honrosas excepciones, se ha agotado en proclamar crecimiento numérico y económico, en anunciar acontecimientos venideros, y en muchas ocasiones a alagar los oídos con palabras melifluas que almas inconstantes quieren escuchar. Desde luego que estoy cierto que Dios levanta hombres y mujeres y usa sus vidas conforme a sus planes, direccionado su accionar al supremo propósito de acercar a los hombres a Él, y que estos se vuelvan de su mal camino.  En tal caso creo que profetas como Agabo Dios sigue llamando y poniendo a su servicio a fin de edificar su iglesia.

 Pero el profetismo al que hago referencia es aquel que nace de manera natural de la fidelidad del hombre a la Palabra, de anunciar a los hombres que Dios esta airado con la conducta permisiva, laxa, y paquidérmica de muchos líderes y pastores, que perdieron su brújula moral, y han inclinado su corazón a fabulas y ensoñaciones, al punto de reemplazar las demandas éticas del Evangelio, por los postulados exitistas de Og Mandino, Dale Carnegie o del líder de la Nueva Era *Napoleón Hill, al punto que autores tan renombrados como John C. Maxwell, lo ubican como uno de sus referentes en uno de sus textos más promocionados y leídos por cientos y miles de cristianos en el mundo.(17 LEYES INCUESTIONABLES DEL TRABAJO EN EQUIPO p. 44)
Como afirma Luis Fernando Pérez Bustamante:
La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés, o no se quiera enterar… Descubrir la verdad y dejar que nos posea es una aventura que no se realiza sólo con el apoyo de la inteligencia. (Blog, Conoceréis de Verdad)

 Hoy el profetismo, entendido como anuncio de la verdad de Dios y denuncio de todo lo que Dios aborrece y condena, no goza de muchos afectos, como para atraer los amenes. La iglesia obediente a los dictados del mundo y del tiempo, rinde culto a lo efímero y a lo superficial, gusta de compromisos fugaces, del desapego a las buenas costumbres y padece el síndrome de Atenas, “el gusto por las novedades”: el ultimo Jean, las zapatillas de moda, el celular de tecnología de punta, y todo lo que genere impacto, escándalo banal y la transgresión a un estilo de vida en el marco de los más altos principios.
El contenido profético de la predicación, ha sucumbido ante el aplastante peso de la diplomacia, de decir verdades a medias, de contemporizar con el pecado y hacerse los de la “vista gorda” ante actos repudiables.
Tuve ocasión de asistir a una campaña de evangelismo con participación de numerosas iglesias, y de repente vi cómo se congregaban muchos jóvenes pertenecientes a una de las iglesias con mayor cantidad de miembros de la ciudad, lo cual me causo un grato asombro. Pero sucedió que cuando el predicador extendía la invitación para recibir a Cristo, mientras se animaba a los creyentes allí congregados a orar para que el Espíritu Santo, tocara los corazones, estos mismos jóvenes con camisetas con el rotulo de su congregación, reían a carcajadas, y en voz alta hablaban de cosas absolutamente frívolas y sin mínima conexión con el carácter trascendental de lo que allí ocurría.
Me pregunto ¿no es esto un preocupante síntoma de un mal que como gangrena amenaza la salud de la iglesia, con la complicidad y ceguera de los que lideran?
Oro para que Dios levante un profetismo enérgico y comprometido con Dios, oro por predicadores cuya palabra no se venda por algunas dadivas. Oro por siervos que arriesguen perder popularidad ante los hombres pero traigan honra y complacencia al corazón de Dios. 

Oscar Albeiro Marulanda
Oscar.marulanda@cenfortek.org
3206680897








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*Napoleon Hill, sostiene que sus conocimientos sobre el poder de la mente, proviene de sus consejeros o maestros invisibles, y es pionero de la práctica ocultista, de la Visualización Positiva.