LA
CEGUERA MORAL DEL CRISTIANISMO FRENTE AL MEDIO AMBIENTE
No
existe la menor duda que Dios creo un mundo hermoso, poseedor de una belleza
exuberante y una riqueza sin igual. La idea era tener el mejor escenario para
que allí el hombre viviera en condiciones óptimas. Dios le encargo al hombre la
administración y el cuidado de su
creación esperando que este correspondiera
con el encargo de administrarla y a su
vez le era permitido usufructuar aquel emporio de riqueza a fin de asegurar
para si una existencia digna y placentera.
Todo
parece indicar que el pecado primigenio introdujo el caos en toda la esfera de
la vida humana y la naturaleza sufrió las consecuencias. El hombre ha dejado de
ser protector de la naturaleza para llegar a ser un deprador cruel e
insaciable.
La matanza de elefantes en el áfrica, tigres de bengala en la
india, ballenas en los mares, por parte de Nipones y escandinavos, la
deforestación ocasionada por los Franceses en Haití, la acelerada deforestación
y la kilométrica perdida de selva en el territorio del Amazonas Brasilero, así
como la explotación irracional de los recursos minerales en Colombia y el daño
de dimensiones colosales a los recursos hídricos, a la fauna y a la flora , la
emisión de gases tóxicos y su aporte al fenómeno de invernadero, y en los
últimos tiempos el terrible impacto generado a partir de la extracción de los
hidrocarburos , solo para citar algunos ejemplos, todo ello da buena cuenta de
la falta de conciencia global .
Acerca de esto es importante denunciar que los
esfuerzos de las naciones altamente industrializadas, los países ricos, las
potencias del primer mundo, y los grandes monopolios económicos e industriales,
no pasan de ser esfuerzos hipócritas que casi siempre se agotan en el discurso,
y en el mejor de los casos son semejantes a arrojar gotas de agua en el
océano. Y ante este drama ¿cuál ha sido la posición de la
inmensa mayoría de cristianos?
Tal
parece que la única conclusión posible es que a los cristianos no les duele la
herida mortal que se le ocasiona al medio ambiente, pues reina la indiferencia.
No hay voces que protesten, manos que señalen, profecías que denuncien, la
valentía de muchos pentecostales se agota en sus templos, los carismáticos
reprenden al diablo, los Reformados y ultraconservadores enarbolan con orgullo las banderas de su
ortodoxia, pero estos y los otros tienen en común la cobardía y indiferencia
frente a una naturaleza que gime, frente a un mundo que agoniza. Nada logra
sacarlos de su letargo y siguen siendo solo espectadores de una creación
que Dios puso bajo su cuidado, y que con ojos impávidos se cae a pedazos.
Por
esta razón entre muchas otras los cristianos en muchas partes del mundo ya no
son una voz fuerte e impactante, han venido a ser un pedestal mudo, o un clarín
de sonido incierto, una sal insípida, y una mortecina luz que ya no alumbra. La
iglesia ha venido a ser cómplice con su silencio de la destrucción y han dejado de ser pertinentes para el
mundo.
Las banderas que reclaman el cuidado del medio ambiente, el cuidado no
da la “pachamama” sino de la tierra como creación de Dios (Pues no podemos hacer objeto de
adoración a lo creado sino que solo el creador debe ser reconocido como Dios),
estaban en el suelo porque los cristianos las tiraron, han sido levantadas por
los “creyentes de la Nueva Era” con su discurso etéreo, su sincretismo y sus
antiguas prácticas chamanistas.
Tal
parece que pervive en muchos círculos cristianos una actitud escapista como el
avestruz, que oculta la cabeza en la
arena creyendo que de este modo los problemas o amenazas dejan de existir. Hemos
llevado fuera de contexto la posición de fe que nos enseña que nuestra patria
es Celestial, interpretando en forma amañada, irresponsable y caprichosa la Palabra. Así se pretende
justificar la ausencia de acciones planeadas y concertadas y ejecutadas con
eficacia a favor de la tierra que Dios les dio para que la cuidaran.
En
nuestro inmediatismo y ante el auge de posiciones apocalípticas extremas no
podemos paralizarnos y esperar con pasmosa pasividad la destrucción o daño
irreversible a la naturaleza. Esto equivale a tener una doble moral, pues aun
los que enfatizan que no tiene caso hacer nada, porque la destrucción es
inminente, todos los días comen, todos los días beben, todos los días respiran
y aspiran a vivir en la mejor forma posible.
¿A caso nuestros hijos y las
generaciones futuras no tienen el mismo derecho que nosotros. Derecho a
respirar un aire limpio, a beber una agua no contaminada, a nadar en ríos de
aguas cristalinas y ha extasiarse contemplando la belleza incomparable de la
creación?.
No
son activistas de una u otra ideología los llamados a realizar esta tarea,
somos nosotros como pueblo de Dios, como cristianos, como iglesia, a quienes nos corresponde el deber y
privilegio de ser cuidadores y defensores de este mundo maravilloso que Dios
nos ha dado como hogar temporal.
Oscar
Albeiro Marulanda
oscar.marulanda@cenfortek.org
oscar.marulanda@cenfortek.org