lunes, 4 de abril de 2016

LA CEGUERA MORAL DEL CRISTIANISMO FRENTE AL MEDIO AMBIENTE



LA CEGUERA MORAL DEL CRISTIANISMO FRENTE AL MEDIO AMBIENTE

No existe la menor duda que Dios creo un mundo hermoso, poseedor de una belleza exuberante y una riqueza sin igual. La idea era tener el mejor escenario para que allí el hombre viviera en condiciones óptimas. Dios le encargo al hombre la administración y  el cuidado de su creación  esperando que este correspondiera con el encargo de administrarla  y a su vez le era permitido usufructuar aquel emporio de riqueza a fin de asegurar para si una existencia digna y placentera. 

Todo parece indicar que el pecado primigenio introdujo el caos en toda la esfera de la vida humana y la naturaleza sufrió las consecuencias. El hombre ha dejado de ser protector de la naturaleza para llegar a ser un deprador cruel e insaciable.

 La matanza de elefantes en el áfrica, tigres de bengala en la india, ballenas en los mares, por parte de Nipones y escandinavos, la deforestación ocasionada por los Franceses en Haití, la acelerada deforestación y la kilométrica perdida de selva en el territorio del Amazonas Brasilero, así como la explotación irracional de los recursos minerales en Colombia y el daño de dimensiones colosales a los recursos hídricos, a la fauna y a la flora , la emisión de gases tóxicos y su aporte al fenómeno de invernadero, y en los últimos tiempos el terrible impacto generado a partir de la extracción de los hidrocarburos , solo para citar algunos ejemplos, todo ello da buena cuenta de la falta de conciencia global . 

Acerca de esto es importante denunciar que los esfuerzos de las naciones altamente industrializadas, los países ricos, las potencias del primer mundo, y los grandes monopolios económicos e industriales, no pasan de ser esfuerzos hipócritas que casi siempre se agotan en el discurso, y en el mejor de los casos son semejantes a arrojar gotas de agua en el océano.  Y ante este   drama ¿cuál ha sido la posición de la inmensa mayoría de cristianos?

Tal parece que la única conclusión posible es que a los cristianos no les duele la herida mortal que se le ocasiona al medio ambiente, pues reina la indiferencia. No hay voces que protesten, manos que señalen, profecías que denuncien, la valentía de muchos pentecostales se agota en sus templos, los carismáticos reprenden al diablo, los Reformados y ultraconservadores  enarbolan con orgullo las banderas de su ortodoxia, pero estos y los otros tienen en común la cobardía y indiferencia frente a una naturaleza que gime, frente a un mundo que agoniza. Nada logra sacarlos de su letargo y siguen siendo solo espectadores de una creación que Dios puso bajo su cuidado, y que con ojos impávidos se cae a pedazos.

 Por esta razón entre muchas otras los cristianos en muchas partes del mundo ya no son una voz fuerte e impactante, han venido a ser un pedestal mudo, o un clarín de sonido incierto, una sal insípida, y una mortecina luz que ya no alumbra. La iglesia ha venido a ser cómplice con su silencio de la destrucción  y han dejado de ser pertinentes para el mundo. 

Las banderas que reclaman el cuidado del medio ambiente, el cuidado no da la “pachamama” sino de la tierra como creación  de Dios (Pues no podemos hacer objeto de adoración a lo creado sino que solo el creador debe ser reconocido como Dios), estaban en el suelo porque los cristianos las tiraron, han sido levantadas por los “creyentes de la Nueva Era” con su discurso etéreo, su sincretismo y sus antiguas prácticas chamanistas. 

Tal parece que pervive en muchos círculos cristianos una actitud escapista como el avestruz,  que oculta la cabeza en la arena creyendo que de este modo los problemas o amenazas dejan de existir. Hemos llevado fuera de contexto la posición de fe que nos enseña que nuestra patria es Celestial, interpretando en forma amañada, irresponsable  y caprichosa la Palabra. Así se pretende justificar la ausencia de acciones planeadas y concertadas y ejecutadas con eficacia a favor de la tierra que Dios les dio para que la cuidaran. 

En nuestro inmediatismo y ante el auge de posiciones apocalípticas extremas no podemos paralizarnos y esperar con pasmosa pasividad la destrucción o daño irreversible a la naturaleza. Esto equivale a tener una doble moral, pues aun los que enfatizan que no tiene caso hacer nada, porque la destrucción es inminente, todos los días comen, todos los días beben, todos los días respiran y aspiran a vivir en la mejor forma posible. 

¿A caso nuestros hijos y las generaciones futuras no tienen el mismo derecho que nosotros. Derecho a respirar un aire limpio, a beber una agua no contaminada, a nadar en ríos de aguas cristalinas y ha extasiarse contemplando la belleza incomparable de la creación?.

No son activistas de una u otra ideología los llamados a realizar esta tarea, somos nosotros como pueblo de Dios, como cristianos, como iglesia, a quienes nos corresponde el deber y privilegio de ser cuidadores y defensores de este mundo maravilloso que Dios nos ha dado como hogar temporal.

Oscar Albeiro Marulanda
oscar.marulanda@cenfortek.org