miércoles, 10 de diciembre de 2014

GRITO EN EL DESIERTO


¿Cómo podemos reconocer a una iglesia saludable? (parte I)
El creyente neófito y aun aquellos con numerosos años de vida cristiana, no siempre logran identificar las características de una iglesia saludable y, con suma frecuencia ni siquiera se formulan este interrogante. A los tales les basta con  una alabanza sonora, vibrante y muy dinámica, así como una predicación entretenida.
Los años que una persona dedica a asistir a una determinada congregación no garantizan su madurez ni otorgan credenciales de crecimiento espiritual. El conocimiento de la Biblia es con frecuencia muy escaso y superficial, más cuando diferenciamos “conocer” de “memorizar”, de allí que los parámetros para determinar si la iglesia en la que nos congregamos goza de buena salud o es como muchas otras, una comunidad enferma, suelen ser endeblez.
La iglesia no es una ensoñación, ni una construcción idealista. En ella se unen las torpezas, imperfecciones y debilidades propias de nuestra condición humana, y de otra parte allí brilla la Gracia que nos redime, perfecciona, renueva y hace posible el milagro de la conversión. En la iglesia se visibiliza el triunfo del Amor de Dios sobre la naturaleza pecaminosa del hombre, por ello resulta de suyo importante expresar con  claridad, que la iglesia no es una comunidad de espíritus incorpóreos, ni de santos inmaculados, sino de santos redimidos cuyas vidas van en el camino de la santificación por la acción del Espíritu.
Con todo ello no todo grupo que proclama a Cristo, que asume la Biblia como norma, al menos en el discurso, da señales, indicios o sospechas fundadas de que allí palpita Cristo.
Una iglesia saludable posee una sana doctrina. Solamente que todos los grupos, incluyendo aquellos de exóticas costumbres y creencias, consideran que están alineados con la sana doctrina. Solo es posible hablar de sana doctrina, allí donde la Biblia es estudiada con la disciplina de un científico y la humildad de aquel que reconoce sin dilación la grandeza de aquello que concita su atención.
Abundan lideres irresponsables carentes de elemental respeto por las Escrituras, balbucean enseñanzas espureas y algunas veces absurdas, pretendiendo que la Biblia abale y le de sustento a sus ridículas especulaciones. Siento pena de aquellas congregaciones de monumentales edificios o de garajes improvisados, en ultimas que insensata resulta la discusión acerca de las características del lugar de culto, cuando lo que forma y constituye a la Iglesia de Cristo es la Majestad de la Palabra. ¡Basta ya de tanta arrogancia! Aceptemos que para que una congregación posea una “sana doctrina” se necesita de maestros que sean instruidos por Ella, que cuenten con pasión por el conocimiento, que se esfuercen por sustraer de sus profundidades los principios eternos, haciendo que la verdad anunciada siglos atrás sea la misma que nutra la fe y la práctica de los creyentes de esta postmodernidad.

La sana doctrina, exige renunciar a las pretensiones de imponer nuestros prejuicios, y permitir que Dios hable y que sea Su Palabra y no la nuestra la que desde los pulpitos nos enseñe como vivir la vida según Cristo en este siglo, como ser una iglesia sana, que Dios pueda usar para sanar a los enfermos y dolientes que arrastran su lóbrega existencia, en medio de estertores de muerte.    

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