miércoles, 4 de marzo de 2015

El olvidado Arte de Servir

El olvidado arte de servir

Servir es una palabra muy cercana a nuestro vocabulario habitual  pero un poco más distante de nuestra práctica. La sociedad y el mundo están configurados de modo tal que se privilegie el poder y la autoridad sobre los demás. Quien ostenta mando y tiene personas subordinadas posa ante quienes le rodean como un individuo superior. Pero el Reino de Dios nos plantea un enfoque diametralmente opuesto. En las páginas de los evangelios sobreabundan ejemplos y sentencias que demuestran más allá de toda duda, lo que en verdad significa  servir.

Consideremos a la luz de este tema algunas motivaciones erróneas respecto del servicio que podemos prestar a los demás.

1.    Servir por conseguir favores o prebendas: Para estos individuos el servicio es la máscara que encubre mezquinos intereses. 
2.    Servir por adquirir notoriedad y prestigio social, y de este modo posar como altruista o filántropo: Esta es una práctica común en ciertos círculos sociales que hacen de la beneficencia una vitrina para exhibir “virtudes” y mostrar ante la sociedad la falsa imagen de un benefactor, cuando las migajas que da solo sirven para poner en  evidencia su vanidad y su necio orgullo.
3.    Servir por la incapacidad de decir “No” y quizás impulsado por un espíritu de servilismo o un nefasto sentimiento de culpa: Hay quienes no saben decir “no” porque al hacerlo se sienten culpables, y su débil conciencia no les permite vivir en paz.
Propender por una vida de servicio no significa que siempre resulta adecuado y racional hacerlo. Habrán sin duda muchas ocasiones de servir y otras veces la respuesta correcta será no. Consideremos a quienes permiten que la iglesia les robe el tiempo para la familia, y optan por estar ausentes de casa y presente en un sin número de ocupaciones y tareas de una iglesia que no tiene el menor reato de conciencia y tampoco valora a la persona y a su familia.

Pero más allá de todo esto servir, es el sello distintivo de un cristiano autentico. El servicio no puede ser un comportamiento  anedoctico o casual, sino un estilo de vida, una consigna que haga que su vida hable por sí misma. El fin del servicio se agota en sí mismo. Servimos porque no es posible pensar la vida de otra forma, porque servir nos define, nos da motivos para vivir, servir es una fuerza que nos impele y resulta imposible resistirla aun cuando siempre existe el riesgo de equivocadas interpretaciones, abusos, y reacciones inesperadas.

Servir esperando retribución alguna o muy en el fondo abrigando las expectativas de que se nos brinde algún reconocimiento, tarde o temprano minara nuestra voluntad y terminaremos hundidos en el fondo del más amargo resentimiento. Muchas personas que sirvieron y que hoy no lo hacen nos dirán que “se les pago mal”, “no le dieron las gracias”, que “Cuando necesito ayuda de otros se la negaron” Quien sirve lo hace como un imperativo que nace de una generosidad que Dios mismo ha puesto allí en nosotros. 

No es nuestra naturaleza ser generosos y servir sin esperar nada a cambio, pero Jesús es nuestra fuente de inspiración por excelencia y mayor ejemplo. La expresión máxima de nuestro servicio no es otra que nuestra propia entrega. Renunciar a nuestra zona de confort, derrotar el egoísmo que nos ahoga y nos encierra en el círculo de nuestros propios intereses. Servir es el privilegio que entrega a quien lo hace un gozo inigualable y hace que quienes nos rodean vean en nosotros a Jesús. 

No al Jesús de los atrios y los alteres, no al Jesús del opus Dei, no al Jesús de los místicos de la nueva era, sino a Jesús, aquel que nació en la pequeña aldea de Belén, Al carpintero de Nazaret, al que multiplicó los panes y los peces para dar de comer a una multitud hambrienta, al que se puso el delantal y brindo pescados a las brasa a sus discípulos, al Jesús en cuyas manos el ciego obtuvo visión para sus ojos, la mujer samaritana se encontró consigo misma y con su auto valía. Jesús el que nunca olvido a los que el mundo ha invisibilizado hasta el presente, Jesús el siempre vivo, el siempre recio con los infames y dulce con los humildes y los débiles.  

En nuestro mundo sobreabundan las palabras, palabras que muchas veces aparecen vacías de significado a fuerza de sus continuas contradicciones, es por ello que cuando alguien dice que ama a Dios y no sirve a su prójimo, solo se engaña a sí mismo y miente con descaro. Pues nadie que ama de verdad se rehúsa a servir, porque el servicio fue la forma en que Jesús mostró al mundo entero su amor, pues amor y servicio se unieron en el calvario para gritar a los hombres su egoísmo y enseñarnos que el servicio es mucho más que una palabra y el amor es servicio o simplemente no es amor.

“Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos” (Mc. 10:45)

O.A.M. 

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