¿Crisis en la educación teológica y/o
en la teología?
Me pregunto a donde
apunta la educación teológica, sino al estudio profundo de las Escrituras, en
procura de encontrar lo que Dios le ha placido revelarnos acerca de sí mismo.
Pero el estudio de la teología en sus diversas disciplinas, teología sistemática,
bíblica, dogmática, busca que el creyente no solo se enriquezca de amplios
conocimientos sino que esta comprensión de lo divino, genere cambios en su vida
y en la forma en que interpreta el accionar de Dios en la historia. Es absurdo
pensar que la teología se constituya en un ejercicio intelectual, en una labor
de escritorio, que solo contribuya al
elegante parloteo religioso y la exhibición de un seco razonamiento sobre las
verdades bíblicas. La teología como manifestación de espiritualidad, no
constituye una evasión de la realidad, antes por el contrario la verdadera
espiritualidad se plasma en compromiso y acción.
Con gran acierto Elíseo Casal sostiene: “La enseñanza bíblica no es una actividad accesoria,
superflua, que se pueda obviar, es una necesidad y una responsabilidad de la
iglesia si quiere ser fiel al llamado de Jesucristo y consecuente con la misión
que le ha sido encomendada, y esta enseñanza debe enfocarse en la formación y
transformación de las personas en discípulos de Cristo” (Teología y Misión,
Lausana), de allí que podamos afirmar que una verdadera espiritualidad reconoce
que la teología se legitima en una vida que honre al Señor.
La carencia de una adecuada formación teológica
conlleva gravísimas consecuencias, pues en la medida en que se expone lo que se
asume, es una enseñanza centrada en la Palabra, esta va a tener un poderoso
impacto en la vida del creyente, en la forma en que entiende a Dios y al mundo
que lo rodea. De donde viene acaso la ausencia de compromiso de muchos
creyentes, frente al acelerado deterioro del medio ambiente, no será acaso, al
menos de modo parcial de escuchar: “Mi reino no es de este mundo” y su correspondiente
y errada hermenéutica. De donde procede la abigarrada costumbre de muchas
iglesias de manejar una doble moral en los asuntos políticos, recibiendo prebendas
de una parte, y satanizando a los políticos y a la política, no será acaso de
una espiritualidad mal entendida, y que de paso le entrega a los enemigos de la
fe, argumentos para estigmatizarnos como “opio”.
De otra parte con cuanto descaro algunos hombres
que dirigen instituciones de educación teológica, llenan sus arcas, ensanchan
sus cuentas bancarias, ofreciendo Maestrías y Postgrados y hasta doctorados en Teología,
como si se tratara de baratijas de libre comercio.
Con flamantes títulos en teología, se pavonean
algunos pastores, que sin reato de conciencia pagaron por Diplomas que de ningún
modo corresponden con los esfuerzos que una verdadera formación teología exige.
Como falta el sentido del decoro en quienes se prestan para este juego, bien
sea en la venta como en la compra. A muchos le bastaron tres o cuatro meses de
estudios para que se les otorgara un Ph. D en Teología, por supuesto
acompañando a esas ínfimas horas de estudio, gruesas sumas de dinero. A aquí
cabe lo dicho por Sor Juana Inés de la Cruz
¿o cual es más de culpar, el que peca por la paga o el que paga por
pecar?
Mucho esperan las
iglesias de las instituciones de educación teológica, ante todo cuando sobre
abunda el pecado, sobre abundan las iglesias, pero no se ven con claridad
señales del Reino. Profetas de variada extirpe, nacionalidad y estilos,
pregonan avivamientos espurios, pues la realidad contradice sus predicciones, y
los centros de educación teológica, tienen una alta cuota de responsabilidad,
pues no pueden ser ni ajenos ni mucho
menos inocentes frente a esta oscura realidad.
La diplomacia y las
buenas maneras, no pueden servir de excusa para callar, y acomodarse cuando se
observa el desmoronamiento moral y cuando oír Palabra de Dios desde los púlpitos y otros escenarios, es cada vez más escaso.
“Mucho ruido y pocas
nueces” (Much
Ado About Nothing) diría William Shakespeare, y parodiando al dramaturgo inglés,
podemos decir que no son los edificios, no son los títulos académicos de los docentes,
y tampoco los años, garantía plena del fiel cumplimiento de la tarea, que
tienen las instituciones teológicas.
Dios bendiga y le de doble honra a quienes no claudican, y
más allá de su interés en los balances y estados financieros de sus
instituciones, se empeñan por mantener vigente el compromiso de impartir una
educación teológica contextualizada y acorde con el imperativo bíblico.
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