lunes, 9 de febrero de 2015

¿Crisis en la educación teológica y/o en la teología?
Me pregunto a donde apunta la educación teológica, sino al estudio profundo de las Escrituras, en procura de encontrar lo que Dios le ha placido revelarnos acerca de sí mismo. Pero el estudio de la teología en sus diversas disciplinas, teología sistemática, bíblica, dogmática, busca que el creyente no solo se enriquezca de amplios conocimientos sino que esta comprensión de lo divino, genere cambios en su vida y en la forma en que interpreta el accionar de Dios en la historia. Es absurdo pensar que la teología se constituya en un ejercicio intelectual, en una labor de escritorio,  que solo contribuya al elegante parloteo religioso y la exhibición de un seco razonamiento sobre las verdades bíblicas. La teología como manifestación de espiritualidad, no constituye una evasión de la realidad, antes por el contrario la verdadera espiritualidad se plasma en compromiso y acción.

Con gran acierto  Elíseo Casal sostiene: “La enseñanza bíblica no es una actividad accesoria, superflua, que se pueda obviar, es una necesidad y una responsabilidad de la iglesia si quiere ser fiel al llamado de Jesucristo y consecuente con la misión que le ha sido encomendada, y esta enseñanza debe enfocarse en la formación y transformación de las personas en discípulos de Cristo” (Teología y Misión, Lausana), de allí que podamos afirmar que una verdadera espiritualidad reconoce que la teología se legitima en una vida que honre al Señor.

La carencia de una adecuada formación teológica conlleva gravísimas consecuencias, pues en la medida en que se expone lo que se asume, es una enseñanza centrada en la Palabra, esta va a tener un poderoso impacto en la vida del creyente, en la forma en que entiende a Dios y al mundo que lo rodea. De donde viene acaso la ausencia de compromiso de muchos creyentes, frente al acelerado deterioro del medio ambiente, no será acaso, al menos de modo parcial de escuchar: “Mi reino no es de este mundo” y su correspondiente y errada hermenéutica. De donde procede la abigarrada costumbre de muchas iglesias de manejar una doble moral en los asuntos políticos, recibiendo prebendas de una parte, y satanizando a los políticos y a la política, no será acaso de una espiritualidad mal entendida, y que de paso le entrega a los enemigos de la fe, argumentos para estigmatizarnos como “opio”.

De otra parte con cuanto descaro algunos hombres que dirigen instituciones de educación teológica, llenan sus arcas, ensanchan sus cuentas bancarias, ofreciendo Maestrías y Postgrados y hasta doctorados en Teología, como si se tratara de baratijas de libre comercio. 
Con flamantes títulos en teología, se pavonean algunos pastores, que sin reato de conciencia pagaron por Diplomas que de ningún modo corresponden con los esfuerzos que una verdadera formación teología exige. Como falta el sentido del decoro en quienes se prestan para este juego, bien sea en la venta como en la compra. A muchos le bastaron tres o cuatro meses de estudios para que se les otorgara un Ph. D en Teología, por supuesto acompañando a esas ínfimas horas de estudio, gruesas sumas de dinero. A aquí cabe lo dicho por Sor Juana Inés de la Cruz  ¿o cual es más de culpar, el que peca por la paga o el que paga por pecar?

Mucho esperan las iglesias de las instituciones de educación teológica, ante todo cuando sobre abunda el pecado, sobre abundan las iglesias, pero no se ven con claridad señales del Reino. Profetas de variada extirpe, nacionalidad y estilos, pregonan avivamientos espurios, pues la realidad contradice sus predicciones, y los centros de educación teológica, tienen una alta cuota de responsabilidad, pues  no pueden ser ni ajenos ni mucho menos inocentes frente a esta oscura realidad.

La diplomacia y las buenas maneras, no pueden servir de excusa para callar, y acomodarse cuando se observa el desmoronamiento moral y cuando oír Palabra de Dios desde los púlpitos y otros escenarios, es cada vez más escaso.

“Mucho ruido y pocas nueces”  (Much Ado About Nothing) diría William Shakespeare, y parodiando al dramaturgo inglés, podemos decir que no son los edificios, no son los títulos académicos de los docentes, y tampoco los años, garantía plena del fiel cumplimiento de la tarea, que tienen las instituciones teológicas.   

Dios bendiga y le de doble honra a quienes no claudican, y más allá de su interés en los balances y estados financieros de sus instituciones, se empeñan por mantener vigente el compromiso de impartir una educación teológica contextualizada y acorde con el imperativo bíblico. 

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